La situación actual de las aves necrófagas en la Península Ibérica (paraíso para estos animales desde la antigüedad), es dantesca. La variedad de carroñeras que habitan la Península es la mayor de Europa, contando con la mayor población europea de buitre leonado (Gyps fulvus), los últimos ejemplares de buitre negro del continente (Aegypius monachus), una población decreciente de alimoches (Neophron percnopterus) y unos pocos individuos del singular quebrantahuesos (Gypaetus barbatus).
En el año 2001, a raíz de la problemática que surgió en Europa con la encefalopatía espongiforme bovina (mal de las "vacas locas"), se promulgó una normativa, que afectaba a la totalidad de países integrantes de la Unión Europea, en la que se prohibía dejar abandonados cadáveres de reses en el campo, obligando a los ganaderos a incinerar las cabezas de ganado que fallecieran en sus granjas. Desde siempre, el buitre y el ganadero han formado un tándem perfecto en el que el primero obtenía alimento y ayudaba a su manera al segundo. Esta relación data desde que el hombre comenzó a criar animales en cautividad; sin embargo, como consecuencia de la dichosa normativa europea, esta idílica relación se está deteriorando.
El buitre, privado de una de sus principales fuentes de alimento, tiene hambre, y tiene hambre por nuestra culpa, por la ruptura del pacto que nuestros antepasados establecieron con él. Las aves acuden a los muladares, aquellos lugares donde las gentes depositaban los cadáveres de sus bestias de labor y cabezas de ganado, pero ahora están vacíos. Llegados a este punto, hay que añadir que no sólamente las aves estrictamente carroñeras consumen los restos de animales del campo, otras muchas rapaces, como el águila real o el milano real y negro, recurren a este recurso en épocas de escasez de presas, así como ciertos mamíferos que también explotan las carroñas para alimentarse, como el lobo o el oso. Tras este inciso, y volviendo al protagonista del tema, es necesario aclarar que la reproducción del buitre leonado, no es fácil. Ponen un sólo huevo, que ha de ser incubado por los dos progenitores indistintamente; con suerte, nace el pollo, completamente desvalido y que necesita una ceba de más de medio año para poder ser autosuficiente. El buitre sale al campo cada mañana, pero no halla ningún cadáver, de modo que acude al muladar, pero tampoco encuentra alimento allí. Cansado, regresa al cortado donde se ubica el nido tras una jornada de infructuosa búsqueda. El polluelo no comerá hoy, quizá mañana tampoco. Estos ciclos se repiten durante todo el año, exhaustos, los buitres buscan alimento incansablemente para alimentar a su cría y a sí mismos. Pueden estar así mucho tiempo, si en su camino no se cruza uno de los múltiples peligros que lo acechan. Los parques eólicos, lejos de ser una fuente de energía ecológica, es un riesgo potencial para muchísimas aves que pueden resultar heridas al colisionar con las aspas de estos molinos que giran a gran velocidad. Otro gran peligro para el buitre radica en el uso de venenos como la estricnina, que se emplea para matar "alimañas" como zorros o lobos, pero que afectan a toda la cadena trófica, en cuya cumbre se sitúa el alado carroñero. Toda esta presión existente sobre las aves, provoca variaciones en su conducta a la hora de encontrar alimento, de ahí que se estén volviendo relativamente frecuentes los ataques del buitre al ganado vivo recental o enfermo. La ira del ganadero, que ve como su viejo amigo tiene que romper el antiguo pacto establecido entre ambos, está enfocada hacia la administración y no hacia el buitre, que sigue siendo el mismo que antiguamente le ayudaba a eliminar los restos de sus reses muertas.
Y es que no sé quién o quienes habrán sido los "sabios" que han redactado esa absurda normativa que rompe con la tradición, con la convivencia entre la fauna y las gentes del campo, ambas abocadas a la desaparición. Parece ser que el mundo rural no tiene sitio en la "prestigiosa" UE pero, al menos yo, prefiero vivir en una sociedad, en un país que conviva con la biodiversidad presente en él, que en un país pretendidamente progresista que haya olvidado de dónde viene y, por tanto, a quién se debe.


















